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La piscina de otros

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Si no vamos sacando la cabeza de vez en cuando, nos ahogaremos en la piscina de otros.

Estos días ha habido numerosos rescates de niños, incluso bebés, que han sobrevivido a las bombas que el aparato militar de Netanyahu ha lanzado indiscriminadamente en Gaza. Decenas de miles de supervivientes, (como Azmi Diab, de 13 años, y su familia) encuentran humanidad y ayuda en los refugios habilitados por la UNRWA. Aunque, desgraciadamente, apunta la ONU, «en Gaza no hay lugar seguro».

Hace poco unos vecinos de Jabalia, una localidad a cuatro kilómetros al norte de Ciudad de Gaza, «ayudaron a rescatar a varios niños atrapados bajo los escombros tras un ataque aéreo israelí». También hay manifestaciones a diario, en decenas de ciudades, exigiendo el fin de la ocupación, el fin de la violencia, el fin del horror.

En esto debemos poner también el foco. En las innumerables historias de rescate. En la bondad del ser humano en momentos en los que alguien nos quiere volver a llevar a la edad de la penumbra. En la cooperación, en la lucha por la paz. En la ternura. En esos infinitos momentos de amor y esperanza.

Estos días observamos con terror los crímenes de guerra en Gaza, otro episodio de la ocupación y apartheid que lleva perpetrando el sionismo de Israel contra los palestinos desde hace 75 años. Un episodio más cruel, inhumano y mortífero, sí, pero nada nuevo. Todo el mundo sabe que el sueño de la impunidad produce monstruos. Eso sí, los monstruos son hombres que han decidido exterminar a todo un pueblo, hombres que hasta anteayer se llamaban Hitler y que hoy se abrazan con miembros de la UE.

Debemos tener cuidado. Si no vamos mirando a menudo por la ventana, creeremos que el mundo es este cuarto pequeño y con cerrojos por fuera. Y acabaremos por pensar que no hay escapatoria.

“Hasta que nos sangren los ojos”, afirma a diario mi admirada Maruja Torres, mientras lo llena todo de imágenes del infierno real, el que provocan los delirios colonialistas e imperiales que resucitan en Israel y ahora en Rusia como una suerte de Murphy en Z Nation, una serie de zombis en la que el rey es un tipo sin escrúpulos inmune al mordisco de los no muertos cuyo poder le acaba haciendo inmune también a la belleza, la paz, la solidaridad, el perdón o la humanidad. Y me temo que en esta ocasión debo llamar a desobedecer a Maruja, porque la salud mental es una cosa muy frágil y debemos cuidarla.

Porque además de esta avalancha de imágenes de muerte y destrucción, se escribe demasiado sobre los detalles más truculentos de esta masacre. El amigo Israel Merino lo señalaba hace poco en su artículo ‘Parásitos del dolor’: «Aprovecharte constantemente de la destrucción de vidas humanas para quedar como la estrella del columnismo ideológico de turno empieza a cansar».

Cuidado. Si ponemos más el foco en la maldad absoluta de la barbarie en vez de en la bondad de la comunidad civilizatoria, algo se romperá dentro de nuestro cerebro, algo que ya nunca podremos volver a arreglar.

Salgamos de la piscina. Abramos la puerta. No hay cerrojos por fuera, te lo prometo. Te estamos esperando. Somos legión. No te rindas.

Sí hay un lugar seguro en Gaza y ahora mismo está rescatando a otro niño.

Tener la fiesta en paz con racistas

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Cuando vi ‘El club del odio’, de Beth de Araújo, una de las películas más terroríficas de los últimos años, fui consciente de que todas las frases que repetía ese grupo de mujeres que se revelan rápidamente como fanáticas y violentas, llevo oyéndolas a menudo a mi alrededor y probablemente tú también. Algo muy preocupante, si te soy sincera.

Si son conocidos, compañeros de trabajo, es fácil reaccionar para pararlo. ¿Pero y si son parte de tu familia? Ay, las familias. AY.

Las que se quieren y se intentan llevar bien procuran no decir nada ofensivo a nadie. Van con cuidado, pensando antes de hablar, casi siempre, al menos. Procuran respetar las opiniones del resto. Procuran rebajar la tensión, en caso de producirse. Procuran dejar correr los comentarios faltones en pos de un bien mayor.

También ocurre con las amistades o con los conocidos a los que aprecias. Todo el mundo, entiéndeme, cualquier persona que no sea Larry david y su círculo, intenta “tener la fiesta en paz”.

El problema es ¿qué hacemos con quien lanza bulos racistas?

La recomendación general es “Déjalo estar, no vale la pena” y a veces creo que tienen razón. Sin embargo, cuando las personas no racistas, semana tras semana, no dicen nada a quien va sembrando de odio la sobremesa, en la que están niños y adolescentes, ¿qué les estamos enseñando exactamente? ¿Que ser racista es una opinión? ¿Que está bien ser racista? ¿Que deshumanizar a otras personas no es tan grave?

“La mayor parte de la población mundial ha vivido la experiencia de marcharse del lugar donde crecieron”, señala amnesty.org/, “Algunas personas dejan su hogar para encontrar trabajo o poder estudiar. Otras se ven obligadas a huir de la persecución o de violaciones de derechos humanos como la tortura. Son millones las que huyen de conflictos armados o de otras crisis o de la violencia. Algunas ya no se sienten seguras y puede que se las persiga por el mero hecho de ser quienes son o por lo que hacen o por lo que creen; por ejemplo, por su etnia, religión, sexualidad u opiniones políticas”.

Millones de personas se ven obligadas a emigrar. Personas a las tratarán como a delincuentes. Personas a las que culparán de todo por ese miedo que inoculan cada día Ana Rosa, Susana o Iker. Muchas serán víctimas de trata. A muchas las agredirán por la calle. Y matarán. Solo porque son de una procedencia diferente o porque aunque hayan nacido en tu país, no tienen el color de piel o el idioma correcto.

Pienso cada vez más en la propaganda nazi y cómo abrió la senda al Holocausto judío. Pienso cada vez más en que las oleadas de odio empiezan con los bulos y acaban en agresiones y asesinatos.

Pero por algún motivo que se me escapa, nos preocupa mucho más tener buen rollo con alguien que se dedica a esparcir más odio contra esas personas, víctimas todas. Quizá porque en el fondo no creemos que dejarlo correr vaya a tener consecuencias nefastas. Quizá porque en el fondo creemos que el silencio también es una forma de luchar contra el racismo.

O quizá, y ese es mi mayor miedo, es porque en el fondo nos da igual.

No hacer daño

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No hacer daño. Al final, casi todo se reduce a eso. El resto es buscar ternura, optimismo y futuro entre las ruinas del odio y la violencia. Nos quieren convencer de que la humanidad es mala por naturaleza, de que defenderse es ejecutar un genocidio. Nos quieren convencer de que quienes piden paz y soluciones, quienes condenan los crímenes de guerra son terroristas. O peor, antisemitas. Necesitan recurrir al Holocausto, como bien recuerda Pablo Batalla @gerclouds que afirma Žižek, “si usas el Holocausto como baza, reconoces que estás perpetrando crímenes tan horrendos que solo la baza del Holocausto puede redimirlos”.

Gaza duele. Ucrania duele. El Holocausto no debe volver a repetirse jamás. Duelen los centenares de vidas rotas. Duelen los niños huérfanos, llorando y preguntando dónde está su madre. Duelen los niños asesinados. Duele que la Unión Europea solo condene los crímenes de Hamás, pero no los del Estado de Israel.

Apunta @AntonioMaestre: «La Shoah como bula. Si ocupas un territorio ajeno y esa población se defiende se convierte en agresora en vez de víctima de la ocupación. Palestina es el agresor por el simple hecho de existir, por estar donde Israel desea estar. Norman Filkenstein lo explica así: «Después de los terribles ataques lanzados por Israel contra el Líbano en 1996, que culminaron con la masacre de más de un centenar de civiles en Qana, el columinista de Haaretz Ari Shavit comentaba que Israel había podido actuar con impunidad porque tiene “la liga antidifamación[…] y el Yad Vashem y el museo del Holocausto»».

Quiero que sepas que la mayoría de las personas son decentes. Quiero que sepas que yo tampoco duermo por todo lo que ocurre en el mundo. Veo a niños llorando y temblando y tengo que esforzarme en no ver centenares de imágenes diarias de pequeños inocentes ensangrentados, temblando, aterrorizados, huérfanos o asesinados.

Quiero que sepas que mis nervios están a flor de piel porque una minoría nos quiere convencer de que defenderse es volver a la Edad de piedra. Reivindicar la barbarie solo conduce a un lugar y no lo permitiremos. Porque la decencia es legión. Aunque a veces no te lo parezca.

Condenar a Israel con la misma contundencia con la que condenás a Hamás es imprescindible para parar esta sinrazón. Las atrocidades las cometen quienes se sienten impunes. La UE debe acabar con la impunidad de Netanyahu si realmente quiere acabar con las atrocidades que está comiendo Israel en Gaza desde hace 75 años.

John Cusack es una de esas personas que, con el alcance y la influencia que tiene, puede ayudar a que todo este dolor acabe lo antes posible. Su voz amplifica la nuestra, la de millones de personas pequeñitas que gritan BASTA YA DE TANTA VIOLENCIA.

Créeme: la mayoría de las personas son decentes. No permitas que te convenzan de lo contrario. Y gracias por gritar junto a mí, conmigo.

Te quiero.

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